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Las primeras manifestaciones del miedo aparecen en los niños muy tempranamente.
Alrededor de los 6 a 8 meses el bebé ha comenzado a diferenciar su mundo interno del mundo que lo rodea, así como también las personas o lugares que le son familiares de las personas o lugares que le resultan extraños, reaccionando con angustia ante aquello que desconoce.
Una vez que el pequeño puede distinguir sus objetos de amor (padres) de entre otros, el alejamiento o la ausencia temporaria de éstos motiva en él desprotección y desarraigo. Esta etapa de diferenciación en la que el niño es capaz de reconocer – desconocer, es lo que va a dar lugar a la aparición de los “miedos infantiles”, que tomarán características particulares en las distintas edades.
El miedo en los niños no difiere del miedo en los adultos, está ligado básicamente a lo “desconocido” o “extraño”. Si el niño se encuentra en lugares que desconoce alejado de sus objetos amorosos, sufre intensas sensaciones de inseguridad y angustia. Si bien el temor puede manifestarse bajo cualquier circunstancia, o en circunstancias singulares en cada niño, hay momentos que propician la aparición de los miedos infantiles: por ejemplo la hora de acostarse en la que el pequeño se retira al silencio y la soledad de su cuarto, esto implica no sólo un tiempo de separación de los padres “protectores”, sino también un tiempo en el cual suspende sus actividades diurnas (compartidas y lúdicas) que le permiten controlar o expresar sus ansiedades y preocupaciones.
La oscuridad de la noche es oportuna para dar curso a las fantasías que muchas veces, bajo la forma de “monstruos”, “ladrones” u otros “personajes imaginarios”, asustan al niño.
Para sobreponerse a estos miedos el niño convoca la presencia “salvadora” de sus padres, iniciando una multitud de demandas hacia ellos (“quiero pis, tengo sed, me duele la panza”… etc). Es indispensable que los padres puedan acudir a este llamado, favoreciendo la posibilidad de hablar sobre aquello que angustia al chico y de esta manera ayudarlo a superar estos temores.
Algunas sugerencias para colaborar con el pequeño ante sus miedos:

  • Proporcionar al niño tranquilidad y protección, asegurándoles cuidado más allá de la presencia constante de los padres, así el pequeño se sentirá capaz de tolerar las ausencias.
  • Si el niño siente miedo debemos acompañarlo hasta que se calme, no es aconsejable llevarlo a la cama de sus padres, pues de esta manera no perderá el temor a permanecer en su cuarto y utilizará el miedo como pretexto para lograr su más preciado objetivo.
  • No es recomendable utilizar su dormitorio como lugar de castigo, hacer de éste un lugar agradable del que pueda apropiarse.
  • Instalar una rutina a la hora de dormir que ayude al niño a conciliar el sueño.
  • Evitar que el niño presencie situaciones (reales o de la ficción) que puedan atemorizarlos.
  • Ayudar al niño a desmitificar y esclarecer aquello que lo inquieta, dando las explicaciones necesarias para que sea comprensible aquello que desconoce y lo atemoriza.

Otras formas bajo las cuales pueden aparecer los miedos son las “pesadillas” o los “terrores nocturnos”, la pesadilla es común en todos los niños y tiene la misma presentación que los sueños (excepto por su contenido). Los terrores nocturnos, en cambio, son padecidos sólo por un pequeño porcentaje de la población infantil y el pequeño despierta muy asustado y requiere de la contención y compañía de sus padres.
Es importante diferenciar los “miedos infantiles” de las “fobias infantiles”; estas últimas son bastante comunes en ciertas etapas del desarrollo infantil pero no tienen el mismo origen que los miedos ni sus mismas características.
En las fobias, lo que provoca el miedo no se halla en la imaginación del niño sino que se trata de algo ubicado en el exterior y el niño evitando el encuentro con aquello a lo que teme, evita sentir angustia.

Las fobias infantiles son síntomas que generalmente irán desapareciendo, sólo en caso que perduren demasiado o interfieran en el normal desarrollo de la vida del niño, será conveniente realizar una consulta con un especialista.

Mariela Pascual.

Licenciada en Psicología.